Fenomenología del conocimiento

Otro trabajo que encontré en un disco viejo. Es de junio de 2004. Lo publico aquí para que queda en esta “nube” que es Internet. Quizás a alguien pueda serle de utilidad o entretenimiento.

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Fenomenología del conocimiento

INTRODUCCIÓN

El significado de la palabra conocimiento está íntimamente ligado al significado y la esencia del ser humano. Conocimiento expresa una serie de realidades y un fenómeno (entre otros), que definen nuestra naturaleza. Los significados comunes de la palabra conocimiento son los siguientes:

1.- Acción y efecto de conocer.
2.- Entendimiento, inteligencia, razón natural.
3.- Conciencia de la propia existencia.
4.- Noción, ciencia, sabiduría.

Estos cuatro significados de la palabra conocimiento expresan aquella parte de nuestra realidad como seres humanos, como Homo sapiens (criatura humana razonadora, sabia, razonable) que más claramente nos define y nos distingue del resto de los seres vivos. Conocimiento es un proceso en cuanto es acción y efecto de conocer. Es una capacidad, una habilidad en cuanto es entendimiento e inteligencia. Es un estado del sujeto, un aspecto del individuo en cuanto es conciencia de la propia existencia, y de los objetos de la existencia. Y finalmente, conocimiento es un producto en cuanto es noción, ciencia, y sabiduría. A lo largo de nuestro estudio haremos uso de uno u otro significado, dependiendo de la cuestión en particular que estemos tratando.

Las propuestas filosóficas del escepticismo y del dogmatismo nos introducen en una discusión necesaria. Antes de poder considerar cualquier planteamiento acerca del conocimiento es necesario exponer los distintos puntos de vista. Los partidarios de la filosofía de Pirrón de Elis, el fundador del escepticismo filosófico, sostienen que se debe ser atético, es decir, no afirmar ni negar nada; dudar de todo y sólo aceptar la existencia de los fenómenos. Arquesilao, un filósofo de la Academia de Platón, es partidario de la duda universal: “sólo sé que no sé nada; y esto tampoco lo sé a ciencia cierta.” Esto parece un contrasentido, y, sin embargo, se aproxima a la duda metódica cartesiana. Carneades no niega que se pueda conocer algo, pero afirma que el conocimiento es relativo y personal, es decir, que son opiniones, pareceres, aproximaciones a la verdad. Según este filósofo no hay verdad absoluta e integral.

El escepticismo dialéctico (con Enesidemo y Agripa) adquiere carácter de sistema y coincide con el de Carneades en la negación de una verdad absoluta e integral. A partir de aquí, el escepticismo se radicaliza: no se dice que no se pueda conocer algo, más bien los conocimientos serían opiniones. Pero al afirmarse que ninguna afirmación puede ser cierta se cae en un contrasentido: un enunciado que niega toda veracidad, es un agujero negro sospechoso que obstaculiza el empeño del hombre por tener y desarrollar una visión lógica de la realidad, lo cual es filosofía. Es por esta razón que se dice que esta forma de escepticismo está en contradicción consigo misma.

Los filósofos escépticos posteriores a las primeras etapas del escepticismo sistemático, al darse cuenta de la contradicción en esa postura radicalizada, debieron conseguir un punto medio, debieron permitirse ciertas concesiones; matizar los enunciados para que no rayaran en la radical y contradictoria afirmación “nada es cierto.” De esta manera, el escepticismo moderno no niega la posibilidad del conocimiento, sólo niega la posibilidad de conocer la realidad objetiva.

Por otro lado, en el dogmatismo (con Platón, por ejemplo) se da importancia al ejercicio de la razón y a la habilidad lógica del pensamiento humano. Se crece con esto el racionalismo. Pero el conocimiento se convierte en la contemplación de los modelos ideales de las cosas. Se dota a las ideas de una cualidad espiritual, un mundo metafísico. Lo más importante es que en otras formas de dogmatismo y en posturas intermedias o reconciliadoras del escepticismo y el dogmatismo, se afirma la posibilidad del conocimiento, la existencia de conocimientos ciertos. O por lo menos se le concede el beneficio de la duda al afirmar la posibilidad de la veracidad de los pensamientos.

Este es un estudio en esencia epistemológico, pues partimos desde el enunciado de una teoría del conocimiento para poder explicar y dilucidar las cuestiones planteadas. Esta teoría del conocimiento es un sistema que explica las relaciones entre el pensamiento y los objetos, y entre el hombre y el mundo.

A partir de estos significados, de estas afirmaciones y de una teoría del conocimiento que, virtual y razonablemente aceptamos como válidas, construiremos nuestras descripciones y afirmaciones, desde un punto de vista filosófico, respecto a los cuatro puntos que nos ocupan aquí, a saber: a) la cuestión de la producción del conocimiento; b) el conocimiento en cuanto producto cultural; c) la problemática del conocimiento: su esencia, origen y posibilidad; y d) evolución a la luz de la neurociencia.

Es en consideración de estas cuatro cuestiones a tratar y de la naturaleza epistemológica de este estudio, que hemos decidido titularlo “Fenomenología del Conocimiento”, es decir, un estudio filosófico del fenómeno del conocimiento; una descripción parcial y muy puntualizada del conocimiento como fenómeno y como producto, y una breve descripción de la estructura de la conciencia involucrada en ello.

1.- ANALIZAR LA PRODUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO

La cuestión de la producción del conocimiento había sido estudiada primero por la filosofía. Le correspondía específicamente a la lógica elaborar una teoría del conocimiento, responder a las preguntas: ¿qué es el pensamiento?, ¿qué es el conocimiento?, ¿cuál es la relación entre pensamiento y objeto pensado? De esta manera la lógica define los pensamientos como enunciados del objeto, y el conocimiento como el producto del pensamiento.

Descartes abrió la brecha clara y profunda entre filosofía –como ciencia arcaica del conocimiento de las cosas–, y la ciencia como la conocemos en el presente. Con la revolución filosófica del método científico introducido por Descartes, y muchos siglos después de que la psicología tomara cuerpo como ciencia independiente y respetable, se abordó la cuestión de la fenomenología del conocimiento, de la teoría del conocimiento desde el punto de vista de los “pensamientos como vivencias del yo”. Sin embargo, y sorprendentemente, esta teoría del conocimiento que tiende a la interpretación psicológica de la cuestión del conocimiento fue asomada de alguna manera por el mismo Descartes. Citamos su célebre enunciado: cogito, ergo sum. Pienso, luego existo.

Aunque básicamente hay implicaciones de orden ontológico en tal afirmación –la existencia de un yo pensante–, también hay implicaciones de orden epistemológico. Nuevas y más profundas consideraciones sobre la naturaleza del pensamiento, del yo pensante, y por consiguiente de la cuestión de la producción del conocimiento fueron elaboradas a partir de la afirmación cartesiana.

Desde ese punto de vista, asumiendo que la conclusión cartesiana cogito, ergo sum sea cierta, la res cogitans (sustancia pensante, el yo pensante) es la fuente, el productor de los pensamientos, y por tanto, del conocimiento. Lo principal en la lógica cartesiana es que el pensamiento y el conocimiento son el producto por excelencia de la res cogitans. Las implicaciones epistemológicas del enunciado cartesiano dominan en el presente las teorías sobre el conocimiento, y la cuestión de la producción del mismo.

Partiendo de lo anterior, existe una relación directa, primaria, entre conocimiento y pensamiento. El proceso del origen y producción del pensamiento define al conocimiento como fenómeno. El pensamiento es la correlación entre sujeto cognoscente y objeto. Cuando el pensamiento define o coincide, según Morente, con un objeto real (en oposición a objeto imaginario o subjetivo), entonces se torna en objeto conocido, pues se ha producido un conocimiento: el producto del proceso de pensamiento veraz. Pero la ecuación sujeto cognoscente-pensamiento-objeto conocido, define también al conocimiento. Conocimiento como proceso, como acción.

El fenómeno de la producción, transformación e interacción relativo al pensamiento, tiene su sede en nosotros. El ser humano es, de una manera u otra, sujeto cognoscente. Todo ser humano normalmente sano e íntegro como sujeto cognoscente, es una “fábrica de pensamientos”. Pero éstos no surgen de la nada, sino de la interacción y correlación entre sujeto cognoscente y objeto. Sin embargo, ciertos requisitos debe cumplir un pensamiento o grupo de pensamientos para que pueda ser considerado como conocimiento (producto).

2.- EXPLICAR EL CONOCIMIENTO EN CUANTO PRODUCTO CULTURAL

El producto conocimiento tiende a ser, en un principio, una elaboración individual, un producto del sujeto. Pero la realidad que llamamos humanidad es una agrupación cambiante y creciente de individuos. No nos corresponde aquí entrar en la discusión o análisis de la cuestión metafísica, religiosa o psicológica, de si cada ser humano es un sujeto cognoscente individual, condicionado o no condicionado, o si cada ser biológico es una manifestación particular de un único sujeto cognoscente, o si el sujeto cognoscente es de naturaleza biológica o de otra índole. Sólo diremos que, para efectos de un estudio fenomenológico del conocimiento, cada ser humano es en sí mismo un sujeto cognoscente, capaz de producir pensamientos y, por tanto, producir conocimiento. De la interacción de varios sujetos con un objeto u objetos comunes, y de la capacidad de comunicar las ideas y conceptos, viene a existencia la cultura como producto; el conocimiento se torna en producto cultural incluso. De hecho, en esencia, la cultura es la expresión en masa del fenómeno de la producción individual del conocimiento, y de la mezcla y síntesis diversa y relativa de pensamientos y conocimiento.

El conocimiento en cuanto producto cultural refiere al cuarto significado de la palabra: noción, ciencia, sabiduría. Todo ello es un ingrediente importante de la cultura, cualquiera de que se trate. Si definimos cultura como un conjunto de conocimientos científicos, literarios y artísticos, también como un conjunto de estructuras sociales, religiosas, etc., y de manifestaciones intelectuales, artísticas, etc., que caracterizan una sociedad, entonces la cultura es, en esencia, conocimiento como producto de un grupo de sujetos, adquirido y transmitido de generación en generación.

La dimensión social del proceso de conocer comienza cuando los individuos de una sociedad producen conocimientos, ya sea sobre el mismo objeto o varios objetos, o sobre objetos reales o imaginarios, y luego tratan de comunicar, de expresar esos conocimientos, principalmente por medio del lenguaje. Los pensamientos, ideas, conceptos y conocimientos generados en base a conocimientos previos, generalmente adquiridos, son sometidos a un proceso de comparación, examinación, evaluación y cuestionamiento. Esto sucede debido a que, si bien todo conocimiento es un pensamiento o sistema de pensamientos (a lo cual se llama noción, ciencia, sabiduría), no todo pensamiento o grupo de pensamientos se puede llamar conocimiento. La diferencia radica en la veracidad con la que un pensamiento representa o coincide con el objeto pensado. El conocimiento como producto cultural es el conjunto de pensamientos de una colectividad, sociedad o grupo, que ha sido sometido a ese proceso de comprobación y validación, por medio del criterio de veracidad, el cual varía de una civilización a otra, de un tiempo a otro, y de un pueblo a otro. El criterio de veracidad de un grupo, un pueblo o una sociedad y los conocimientos que éstos o aquella acepta como conocimiento común a tal colectividad, definen en gran parte a la cultura como tal.

El conocimiento es producto cultural no sólo en el sentido de que es la elaboración intelectual de un grupo, la visión y definición de la verdad y de la realidad de un pueblo, incluso de toda la humanidad, sino que también es producto cultural en cuanto es la herencia del saber, el alimento de la mente que damos a cada ser humano que viene al mundo, para que éste a su vez lo digiera, lo utilice, lo evalúe, lo transforme y finalmente aporte nuevos conocimientos, pensamientos más veraces. Por ello, el conocimiento como producto cultural es un sistema común de ideas y pensamientos, sistemas de creencias y conceptos que definen y otorgan identidad a las sociedades e individuos.

El pensamiento es, por excelencia, un producto individual, y por extensión es un producto cultural en la medida en que los individuos interactúan y conviven. Sin embargo, el conocimiento tiende a ser más un producto grupal, y por lo tanto social y cultural, que sólo un producto individual. Y si bien la cultura se compone principalmente de conocimientos generados por una sociedad o grupo social, una gran parte de ella (la más propiamente particular y que caracteriza a tal grupo), constituye pensamientos, ideas, deseos, esperanzas, temores, supersticiones, maneras y, en fin, su idiosincrasia. Esa dimensión de la cultura tiende a ser individualista y personalista, mientras que el conocimiento como producto cultural tiende a ser más universal e impersonal.

3.- ANALIZAR LA PROBLEMÁTICA DEL CONOCIMIENTO:
ESENCIA, ORIGEN Y POSIBILIDAD

La problemática del conocimiento es casi tan antigua como la filosofía misma. Fue posible ese planteamiento sólo después de las disertaciones y reflexiones sobre la naturaleza y origen de las ideas y los pensamientos. Una vez que fueran delineados los significados y conceptos referentes a las ideas y los pensamientos (su naturaleza y origen), en sistemas o posturas gnoseológicas o epistemológicas, se trajo ampliamente a la palestra la problemática del conocimiento.

En la introducción expusimos la dicotomía filosófica respecto al conocimiento que se manifestó en las posturas opuestas del escepticismo y el dogmatismo. Una vez resuelta la discusión al haberse demostrado la contradicción lógica del escepticismo clásico, se dio por hecho la posibilidad del conocimiento, aunque tampoco se han aceptado plenamente las afirmaciones de la filosofía dogmática o realista. Ahora aceptamos como verosímil la afirmación “el conocimiento es posible, podemos conocer: hay conocimiento”. Si bien esta es una afirmación esencial del dogmatismo y del realismo metafísico, ese enunciado gnoseológico ha sido sustraído (desde la propuesta epistemológica de Descartes), de una gran cantidad de sistemas filosóficos con matices de misticismo, mitología y espiritualismo. Es decir, que, una vez aceptada –con toda validez, decimos– la posibilidad del conocimiento, la problemática referente al mismo se reduce o se enfoca en determinar su esencia y origen.

La cuestión de la esencia y origen del conocimiento se concentra en la dicotomía filosófica que encontramos en empirismo versus racionalismo. Ya hemos expuesto el núcleo epistemológico del racionalismo al explicar los significados e implicaciones primarios de la afirmación cartesiana cogito, ergo sum. Ahora bien, el empirismo es opuesto a esta propuesta epistemológica porque se afirma que las experiencias o empiria son la fuente y el origen de todo saber, de todo conocimiento. La mente del hombre produce los pensamientos e ideas, y por ende el conocimiento a partir del contacto con aquello que se puede palpar, manipular, percibir, en fin: el “mundo exterior”.

De estas ideas se desprende que el conocimiento sea, en esencia, pensamientos o sistemas de pensamientos, entendiendo por pensamiento como la más básica operación mental que somos capaces de experimentar como sujetos. Conocimiento es un producto mental, y un procesamiento cognoscitivo de información, de ideas, en esencia. Y aquí se inicia otra discusión: John Locke nombra al ente productor del pensamiento como “espíritu”, en el cual se origina el conocimiento como “reacción” a lo que sentimos y percibimos, y también como resultado de una experiencia reflexiva. Leibniz utiliza la expresión “espíritu embrional”, el cual debe someterse a experiencia para desarrollarse plenamente. “Es el espíritu el que hace posible todo conocimiento”. Para Bonnot de Condillac, las ideas no son más que haces o complejos de sensaciones.

No se podría dar una definición más satisfactoria y veraz acerca de la esencia del conocimiento mientras no se deje atrás el empeño de explicar el conocimiento como producto o emanación de algún ente abstracto o “espíritu”, o de alguna luz o chispa divina en el hombre, o fuera de él. A pesar de que se afirma que Kant “resolvió” la discusión racionalismo versus empirismo, tendemos a pensar que la filosofía (hasta Kant y Henri Bergson) ha agotado todo recurso discursivo para dar respuesta veraz a la problemática del conocimiento, y especialmente a la cuestión de su origen y esencia. Es así que resulta oportuno dar espacio a las teorías propuestas desde la plataforma de la ciencia (en especial la neurociencia), que tratan de dar una explicación científica –materialista, podemos decir– a la problemática del conocimiento.

4.- EVOLUCIÓN A LA LUZ DE LA NEUROCIENCIA

Las teorías del conocimiento que se han elaborado desde la plataforma de la filosofía, tienen su valor como una primera aproximación lógica a la problemática del conocimiento. Los puntos de vista epistemológicos y gnoseológicos de los filósofos, desde la Grecia clásica hasta el presente, han evolucionado salvando obstáculos: una visión mitificadora de la realidad, prejuicios, las inclinaciones del temperamento propio, etc. Ahora es una ciencia, la neurociencia, la que lleva la antorcha, como el discípulo que ha superado al maestro.

La neurociencia explica la cuestión del conocimiento desde el punto de vista bioquímico: la forma normal o anormal en que las neuronas se conectan químicamente entre sí (pues la sinapsis no es conexión física), el tráfico de sustancias químicas (hormonas, enzimas, proteínas, radicales libres, etc.) entre las neuronas y dentro de ellas, de la fisiología y morfología de las mismas y la de esa espectacular estructura biológica que es el cerebro humano. El conocimiento, básicamente, no es más que el producto y el resultado del correcto funcionamiento de nuestro cerebro.

Según los neurocientíficos, somos capaces de conocer y de generar y transmitir conocimientos principalmente gracias a nuestro cerebro; gracias a los billones de reacciones electroquímicas y bioquímicas que ocurren en ese órgano de cien mil millones de células que es el cerebro. Se ha dicho (y la exageración en esta afirmación es aceptable) que el cerebro humano es la estructura más compleja e impresionante que hemos estudiado y conocido hasta ahora. Los procesos y productos del conocimiento son descritos por la neurociencia como una serie de procesos y productos químicos y eléctricos, que se producen a nivel de las neuronas del cerebro (sobre todo en la corteza cerebral), todo como resultado de la natural y correcta interacción entre el cerebro y la totalidad del cuerpo, y de la interacción de éste con el medio que le rodea. ¿Qué ha hecho posible este “milagro” biológico? La evolución biológica de los seres vivos.

El estudio integral de todas las especies vivas, incluso aquellas ya extintas, ha llevado a biólogos y neurocientíficos a una conclusión unánime: nuestro cerebro es el resultado de millones de años de evolución, la última y más compleja versión de una infinidad de “experimentos” realizados en el seno de la naturaleza, comenzando por la primera clase de célula viva sobre el planeta. Pero esto no significa que el hombre sea la pieza culminante de la evolución, la cúspide perfecta de la pirámide de la naturaleza. Aún aquí afirmamos que la perfección es relativa. Otras especies han alcanzado un desarrollo extraordinario en distintos aspectos de su anatomía. Algunos animales poseen órganos motores más efectivos que los nuestros, mecanismos químicos de defensa de los cuales carecemos, órganos sensoriales de mayor alcance y efectividad, una gran fuerza física o abrigo seguro ante la intemperie, etc., pero ninguno de ellos posee un cerebro tan extraordinario como el nuestro. Y gracias a la complejidad y competencia de este órgano, nos hemos procurado mecanismos de defensa y depredación más efectivos y peligrosos, hemos conseguido la manera de poblar cualquier rincón del planeta, y hemos construido una civilización más rica y mucho más compleja e intrincada que las sociedades de hormigas o abejas. Biológicamente, y considerando los puntos fuertes y débiles de nuestros cuerpos, no parecemos ser perfectamente superiores a los otros animales, mas, nuestro cerebro y todo lo que poseerlo y usarlo implica (conciencia, lenguaje, conocimiento, cultura, etc.), nos otorga la orgullosa pretensión de sentirnos y creernos superiores.

Ha sido el conocimiento (el proceso de conocer y el producto conocimiento), transmitido, compartido, evaluado y empleado por cada generación sucesiva, lo que nos ha permitido erigir estas civilizaciones, estas sociedades y culturas maravillosas. La explicación neurocientífica del conocimiento como proceso y producto del cerebro, gracias a los mecanismos de la evolución de las especies, es un enfoque netamente materialista.

CONCLUSIONES

Un estudio fenomenológico del conocimiento implica un análisis exhaustivo del cual pueden obtenerse muchas y muy diversas conclusiones, y éstas tienden a ser más un resumen o síntesis de la información ya expuesta. Las conclusiones a las que hemos llegado no significan necesariamente un aporte filosófico a la gnoseología o a los estudios epistemológicos, para lo cual necesitaríamos más extensión en texto y más argumentos que desplegar. Estas conclusiones son más de tipo expositivo, algunas indican el valor pragmático que pueda tener algún punto en particular tratado en este estudio. Las presentamos según el orden que les corresponde en el desarrollo y no según una jerarquía de importancia. Sin embargo, consideramos las conclusiones número uno, seis y ocho, las más resaltantes.

1.- Cualquier enunciado que niegue toda veracidad (como forma de escepticismo), significa un obstáculo para el empeño del hombre por tener y desarrollar una visión lógica y racional de la realidad, lo cual define a la filosofía.
2.- La teoría del conocimiento es un sistema que explica las relaciones entre el pensamiento y los objetos, y entre el hombre y el mundo.
3.- El pensamiento es la correlación entre sujeto cognoscente y objeto. Cuando el pensamiento define o coincide con un objeto real (denominado así en oposición a objeto imaginario o subjetivo), entonces se torna en objeto conocido, pues se ha producido un conocimiento: el producto del proceso de pensamiento veraz.
4.- La cultura es la expresión en masa del fenómeno de la producción individual del conocimiento, y de la mezcla y síntesis diversa y relativa de pensamientos y conocimiento.
5.- El conocimiento como producto cultural es un sistema común de ideas y pensamientos, sistemas de creencias y conceptos que definen y otorgan identidad a las sociedades e individuos.
6.- Tendemos a pensar que la filosofía ha agotado todo recurso discursivo para dar respuesta veraz a la problemática del conocimiento, y especialmente a la cuestión de su origen y esencia.
7.- El conocimiento, básicamente, no es más que el producto y el resultado del correcto funcionamiento de nuestro cerebro.
8.- El estudio integral de todas las especies vivas, incluso aquellas ya extintas, han llevado a biólogos y neurocientíficos a una conclusión unánime: nuestro cerebro es el resultado de millones de años de evolución; la última y más compleja versión de una infinidad de “experimentos” realizados en el seno de la naturaleza, comenzando por la primera clase de célula viva sobre el planeta.

BIBLIOGRAFÍA

Ignacio Burk. (1998) FILOSOFÍA, UNA INTRODUCCIÓN ACTUALIZADA.
Editorial Buchivacoa, C.A. Capatárida, Estado Falcón, Venezuela.

A. Morente. (1983) LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA. Editores Mexicanos Unidos, S.A. México D.F., México.

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