Los cinco cúmulos de existencia

Ustedes saben que casi todos los pensadores que han dejado una visión trascendente del mundo han tratado de explicar también la constitución del ser humano. ¿De qué está hecho el ser humano? ¿Cuáles son sus partes? En el contexto de la filosofía espiritualista decimonónica europea (que domina los movimientos espiritualistas occidentales actuales) se dice que el ser humano tiene varios “cuerpos”. En las secta de Nueva Era es bien conocido el modelo de siete cuerpos, impuesto por la Teosofía: cuatro cuerpos inferiores y tres cuerpos superiores. En general en casi todo el mundo predominó en la antigüedad un modelo que explicaba las cosas proponiendo la existencia de dos substancias principales:

  • Una substancia física que es la materia prima de los cuerpos físicos.
  • Y una substancia mental que es la materia prima de todo aquello que es invisible.

Este modelo predominó en la cultura griega, en muchas culturas indígenas y también en algunas partes de Oriente. Es lo que llamamos la dicotomía cuerpo-mente. Para los pueblos antiguos, todo lo que nosotros llamamos “espiritual” pertenece a esa substancia mental que es invisible e intangible: los espíritus, las almas, los seres invisibles, y la esencia misma del ser humano. Más adelante los filósofos y teólogos cristianos introdujeron la existencia de un tercer tipo de materia o substancia que se diferencia de la substancia mental y que abarca todo el imperio de lo divino. Este modelo de tres substancias es el que predomina ahora en Occidente:

  • Una substancia física que es la materia prima de los cuerpos físicos.
  • Una substancia mental que es la materia prima de la mente.
  • Y una substancia espiritual que es la materia del espíritu divino.

Esta supuesta substancia espiritual es la que forma los cuerpos de los dioses, los ángeles, el espíritu inmortal o alma inmortal del hombre y al dios supremo creados. El Buddha rechazó estos modelos de substancias. Para el pensamiento buddhista todo en el universo está constituido del mismo tipo de substancia en distintos grados de manifestación. Todo, todos los 31 planos de existencia en el universo, y todos los seres que contienen, están hechos de substancia mundana universal y el hecho de que algunos seres y planos de existencia sean invisibles para nosotros no se debe a que estén hechos de una materia especial sino a la incapacidad perceptiva del ser humano para percibir todos los grados de manifestación de la materia.

Entonces, el cuerpo y la mente son una unidad. No se puede decir realmente dónde termina el cuerpo y dónde termina la mente, dice el Despierto. O si el cuerpo origina a la mente o si es la mente la que origina el cuerpo. Esto contrasta radicalmente con la dicotomía mente-cuerpo que siempre ha predominado en casi todo el mundo y que en Occidente hemos heredado de los filósofos griegos y latinos. El Buddha también negó la existencia de una substancia divina especial, una substancia perfecta e indestructible (platónica, aristotélica, divina en el sentido judeo-cristiano y védico-brahmánico) por lo que su explicación sobre la constitución del ser humano se aleja aún más del modelo de tres substancias que hemos resumido arriba. La imposibilidad de ver al cuerpo y a la mente como cosas separadas es tan importante para el Buddha que lo incluye en su lista de cuestiones “indeclarables”, aquellas cuestiones que el Buddha no discutía ni trataba de responder categóricamente:

  1. La mente y el cuerpo son lo mismo (inseparables).
  2. La mente y el cuerpo son dos cosas distintas (separables).

Si una persona se decide por la opción (1), entonces pertenece al grupo, por ejemplo, de los científicos materialistas modernos que afirman que la mente es una mera función del cerebro, y que por tanto mente y cuerpo son lo mismo en el sentido en que el cerebro es la mente. Y si una persona se decide por la opción (2), entonces pertenecerá al grupo de personas que creen en la existencia general de dos substancias mundanas, una física y una mental. De manera que hay una tercera opción entre estos dos extremos, aunque esa opción sea difícil de captar por la vía racional, pero sí podemos captar el “sabor” particular de cada uno de estos extremos. La opción (1) sabe a materialismo, a un pragmatismo excesivo, como el de las personas que sólo creen en aquello que es visible y tangible. El pensamiento buddhista se aleja de este extremo. La opción (2) sabe a idealismo, romanticismo y platonismo, como el de los filósofos griegos y latinos clásicos, como el de los judíos y cristianos y como el de los hinduístas védicos y brahmánicos, y como el de los teósofos y seguidores de la Nueva Era. Es la opción de las personas que creen (demasiado o ciegamente) en mundos invisibles, en seres de otras dimensiones, y que todo eso está hecho de una substancia especial. El pensamiento buddhista también se aleja de ese extremo.

Pero el Buddha debía explicar lo que sabía y para ello utilizó una palabra compuesta que sus contemporáneos podían entender: la palabra compuesta náma-rúpa, en páli, palabra que en la actualidad se traduce como mente-cuerpo o mentalidad-materialidad. Esto es lo que es una persona, según Buddha. El nombre de esta “cosa” es doble, náma-rupa, porque en general posee dos tipos de funciones (una física y una mental), pero esto no debe llevarnos a la confusión de creer que el Buddha está hablando de dos substancias mundanas diferenciadas, como en el caso del modelo de dos substancias. Para efectos de la enseñanza el Buddha explicó el asunto de esa manera, como si fuera algo doble, mas la duplicidad se refiere a la función y no a un modelo dualista de la realidad. Por un lado explicó la materialidad (lo físico, lo que se ve, la parte rúpa) de este náma-rúpa, y por otro lado explicó la mentalidad (lo intangible, lo que no se ve, la parte náma) de este náma-rúpa. Esta es la forma más fácil en que el Despierto explicó la constitución del ser humano, cuando hablaba con “las masas”, con personas humildes que ni siquiera sabían leer y escribir. Eres náma-rúpa, nombre-y-forma, mente-cuerpo, mentalidad-materialidad. Son una sola cosa pero tienen dos funciones diferentes. Se forman como una sola cosa y se desintegran como una sola cosa. La racionalidad del término námarúpa radica en que rúpa es todo aquello que tiene forma y es aparente (como el cuerpo), mientras que la mentalidad se llama náma (literalmente “nombre”) porque es la parte de nosotros que pone nombre a las cosas (he aquí el ser humano como “el animal que pone nombres a las cosas”).

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Para los que podían entender algo más profundo el Despierto les enseñaba algo más complejo. La parte mental de este náma-rúpa el Buddha la divide en cuatro partes o cúmulos. La persona entonces está constituida realmente por cinco partes o flujos de procesos que el Buddha llamó cúmulos o agregados (los cinco khandá: pañcakhandá). Para que pudieran entenderle el Despierto utilizó esta palabra, khandá. Puede significar también “tronco”, como el tronco de un árbol. La idea es que los cinco cúmulos o agregados son pilas de cosas más pequeñas que los constituyen. El cúmulo o agregado del cuerpo se ve como una cosa, pero en realidad está constituido por muchas partes más pequeñas. Por eso es un cúmulo. Igual los otros cuatro. No se trata aquí de cinco substancias distintas, hablando de modelos generales de la constitución del mundo. Los cúmulos son manifestaciones de la misma substancia física-mental que nos constituye. Es como hablar de moléculas: son muchas y de muy diversa forma, pero todas están hechas de la misma substancia.

Los cinco cúmulos o agregados de existencia (también llamados cúmulos del apego) son, en idioma páli:

  1. rúpa: forma física, cuerpo (está constituido por los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego).
  2. vedaná: sensaciones, son las sensaciones o sentimientos de tres tipos (agradables, desagradables y neutros).
  3. saññá: percepción, ideación, creación de símbolos y etiquetas mentales, memoria.
  4. sankhará: formaciones mentales, fabricaciones mentales, actividad volitiva (intención).
  5. viññaná: consciencia, contacto y atención (la psicología llama esto percepción). Son seis esferas de consciencia, cada una para los seis sentidos (vista, oído, olfato, gusto, tacto y mente).

Como dijimos, estos no son cuerpos en el sentido platónico o aristotélico o teosófico de la expresión. Son dimensiones o expresiones de la experiencia total de náma-rúpa. Son dimensiones o nichos de experiencia. No son estáticos: son flujos de procesos y “cosas” que cambian constantemente. Cada persona tiene estos cinco agregados y a través de ellos experimenta la vida, la existencia. Para nosotros, fuera de ellos no hay nada más. Todo lo que podemos experimentar y vivir en el universo lo podemos experimentar y vivir solamente a través de estas cinco avenidas de experiencia. La primera (rúpa) es la única tangible, física, mientras que las otras cuatro son intangibles, invisibles, y juntas son lo que en general llamamos mente. ¿Y no hay un espíritu o un alma? No. El Despierto enseñó que no poseemos ningún ego-identidad metafísico o yo espiritual, que esté hecho de alguna substancia especial indestructible y eterna. Y esto es verdad tal como se puede saber por medio de la práctica asidua de la meditación. Todo lo que en lenguaje arcaico se llamó “espíritu” o “alma” es algo que se refiere a alguno de esos cuatro cúmulos invisibles. Pero ninguno de ellos es un alma o un espíritu en el sentido platónico o aristotélico o teosófico o judeo-cristiano del término. Esto es la doctrina buddhista del anattá (no-yo, no-ego, sin-ego-identidad). En otras palabras: en el Buddhismo podemos hablar de espíritu o alma siempre y cuando no estemos hablando de algo divino (creado por un dios), una esencia metafísica perfecta, estable, permanente, portadora de un ego-identidad. Todo eso fue negado por el Buddha y las filosofías eclécticas como la Teosofía traicionan la Enseñanza del Buddha al contradecir esta doctrina buddhista del no-yo (anattá).

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Cuesta un poco entender las funciones de cada uno de los cúmulos que forman la mente. El cúmulo de la forma está perfectamente claro: entenderlo no es ningún problema. Pero los cuatro cúmulos intangibles son problemáticos de comprender, sobre todo porque nuestros idiomas y lenguajes no coinciden mucho con el idioma en que el Despierto enseñó estas cosas. Por ejemplo, vedaná, que muchas veces se traduce como “sentimientos”, en realidad no es más que el tono emocional de cualquier dato sensorial que experimentamos o de cualquier estado mental en el que nos encontramos. Ese tono emocional puede ser de un solo tipo cada momento: o es agradable (placentero), o es desagradable (doloroso), o es neutro (ni agradable ni desagradable). No es posible experimentar algo externamente o internamente y que sea agradable y desagradable al mismo tiempo, o agradable y neutro al mismo tiempo, o desagradable y neutro al mismo tiempo. O es una cosa o es otra. Todas estas sensaciones que experimentamos todo el tiempo, cada segundo, constituyen el flujo de procesos de vedaná.

El cúmulo saññá también es difícil de entender. Una vez que percibimos un dato sensorial, nuestra mente necesita ponerle una etiqueta mental para comprender o utilizar ese dato. Las etiquetas mentales generalmente son palabras o signos lingüísticos. Cuando vemos una manzana, nuestra mente piensa: “manzana”. Eso es la actividad de saññá. Es el proceso mental de ponerle etiquetas a los datos sensoriales. Hacemos igual con los datos mentales u objetos mentales. A un recuerdo lo llamamos “recuerdo”. Eso es una etiqueta mental. A un sentimiento determinado de odio lo llamamos “odio”. Eso es otra etiqueta. Todos estos símbolos y etiquetas mentales que maneja nuestra mente constituyen el flujo de procesos llamado saññá, y también se almacenan allí formando nuestra memoria, porque recordar algo es traer a la “memoria RAM” de la mente una serie de símbolos y etiquetas que ya creamos y manipulamos en el pasado. Llamar “percepción” a este cúmulo ha sido confuso porque lo que la psicología moderna occidental llama percepción es realmente, en los discursos del Buddha, otro cúmulo, el cúmulo llamado viññaná.

El cúmulo sankhará es relativamente fácil de comprender. Constituye todos los pensamientos y actos mentales provistos de intención (cetaná). Es el aparato volitivo de la mente. Cada vez que tenemos la intención de hacer algo, hacia fuera o hacia dentro de nosotros, el cúmulos sankhará se mueve, se pone en movimiento. Sólo cuando no tenemos ninguna intención o voluntad o deseo de hacer algo en un momento determinado, este cúmulo se queda tranquilo. Sankhrá es muy importante porque por medio de esta función de nuestra mente somos capaces de crear el kamma. Kamma de hecho significa acción intencional. El kamma es posible gracias a que tenemos este cúmulo de existencia. Y debido a que hemos descuidado completamente este cúmulo de existencia es la razón de que vayamos por la vida sembrando kamma que no nos convienen. El Buddha llamó a este cúmulo “formaciones” o “fabricaciones” o “construcciones” porque son los elementos de este cúmulo los que fabrican, los que forman o construyen nuestra realidad presente y futura. El kamma (acción intencional) son como los ladrillos de construcción, sankhará es como el obrero que construye esta “casa” (ser humano, persona).

Finalmente viññaná es muy importante. El término “consciencia” puede confundirnos también porque para la mentalidad occidental estos cuatro cúmulos serían lo que hemos de llamar consciencia. Pero el Buddha llamó este viññaná consciencia en el sentido de que es un “espacio mental” donde recibimos los datos sensoriales y “sabemos” que están allí. Ese “testigo” que es esto “que sabe”, que “conoce”, es este cúmulo viññaná. Cuando experimentamos una sensación agradable, no es vedaná donde ocurre el pensamiento “esto es agradable, estoy viviendo algo agradable”. En vedaná experimentamos la sensación agradable desnuda, sin etiquetas mentales. Es aquí en viññaná donde ese pensamiento ocurre (con la ayuda de saññá porque son palabras). Cuando entramos en contacto con un dato sensorial, por ejemplo un sonido, ese dato sensorial viene aquí a viññaná. Aquí en viññaná es donde ese dato sensorial se procesa. Este cúmulo es muy “grande” y muy activo porque está constituido por seis “esferas” o espacios mentales, una esfera de consciencia para cada uno de los seis sentidos (los cinco sentidos físicos más la mente que es el sexto sentido). Si un dato sensorial no hace contacto con nuestro viññaná, es como si ese dato no existiera. Sólo podemos tener noción o sentido o consciencia de los datos que entran en contacto con viññaná por medio de los seis sentidos, y por eso este cúmulo se encarga del contacto y la atención.

Estas son las seis esfera de consciencia de viññaná:

  1. La esfera de consciencia del ojo y de las formas visuales.
  2. La esfera de consciencia del oído y de los sonidos.
  3. La esfera de consciencia de la nariz y de los olores.
  4. La esfera de consciencia de la lengua y de los sabores.
  5. La esfera de consciencia de la piel-cuerpo y de las sensaciones corporales.
  6. La esfera de consciencia de la mente y de los objetos mentales.

Es interesante que la mente sea aquí el sexto sentido, y como tal lo podemos utilizar para percibir datos mentales, no sólo nuestros propios datos mentales sino los datos mentales que emanan de otras mentes. Por eso para el Buddha no es nada extraño o sorprendente todo este aspecto de la telepatía y de los poderes mentales: así como podemos percibir a través de los cinco sentidos físicos, así tenemos un sexto sentido que abarca todo el aspecto mental (sutil, intangible, psíquico) de la existencia.

Dos verdades: una mundana y una transmundana

Dijimos que somos estos cinco cúmulos o agregados, pero el Buddha le dice a sus discípulos en el Canon Páli que no hay un “ser” fijo, un “yo” definitivo en ninguno de estos agregados o cúmulos, que no somos nada de esto. Entonces, ¿cuál es la verdad entonces? La verdad es que hay dos verdades: una mundana y una transmundana. Hablando de una manera convencional, no tiene nada de malo ni de raro decir que soy este nombre-forma. De hecho, si andase yo por la calle diciendo a la gente que no soy este mente-cuerpo, parecería un loco. En un nivel mundano, en una comprensión mundana, ordinaria, básica, común, vulgar, de la realidad, no tengo otra opción que decir que soy este náma-rúpa, porque de todos los objetos que existen en el universo, la única cosa que puedo identificar como mi “yo” o mi “ser” es este náma-rúpa. Pero el Buddha descubrió, como ya lo expresamos, que no hay ningún ser fijo (atta), estable, definitivo en estos cúmulos de existencia. No lo hay en ninguna parte, ni tampoco aquí. Esto es una verdad transmundana, una comprensión especial, elevada, noble, transcendente, de la realidad.

El Despierto también descubrió que, para aquellas personas que están encadenadas en samsára, condenadas a repetir infinitamente el ciclo de (re)nacimientos y (re)muertes, el error ha sido precisamente identificarse con sus cinco cúmulos de apego. Por eso el Buddha los llamó así: cúmulos de apego. Por medio de ellos la corriente de vida se apega a la existencia. Al identificarte con los cinco cúmulos, creer que eso es lo que eres, que tu “ser” o tu “yo” son estos cúmulos, creas las condiciones para perpetuar el renacimiento en samsára. Esto es lo que hacen las personas mundanas, ordinarias, básicas, comunes, vulgares: creen que son su cuerpo y su mente y actúan de acuerdo con esa visión. Viviendo con esa visión, generan deseo vehemente por la existencia, y ese deseo vehemente por la existencia es la causa de que los cinco agregados se vuelvan a formar después de que la persona muere. ¿No te ha pasado que cuando le hablas del renacimiento a alguna persona y le dices que esto es como una prisión, como una condena, una maldición, la persona dice: “¡claro que no, para nada, todo lo contrario!”? Para esa persona volver a nacer después de morir es algo estupendo, algo grandioso. Es la oportunidad de volver a disfrutar, una y otra vez, todos los placeres y deleites de la existencia mundana. ¿Cómo alguien podría pensar que esto es algo malo? Es como ser inmortal pero de a pedacitos, por capítulos. Botar un cuerpo y recibir uno nuevo: toda una fiesta, un regalo, una bendición…

Ese estado mental es lo que el Buddha llama la intoxicación con la vida, la intoxicación con la existencia. La persona que posee ese estado mental es como un adicto que no puede dejar su droga, y su droga es bhava: el devenir del ser, la existencia mundana, el renacimiento del ser, el transformarse continuo del ser siempre en algo nuevo… Pero el Despierto fue en la dirección contraria. El Despierto acabó con la intoxicación y vio que el devenir del ser es como una condena, como una maldición. ¿Qué sentido tiene que los cinco agregados se desintegren y se vuelvan a formar en el mundo? No tiene ningún sentido, ningún propósito. ¿Qué sentido tiene que una corriente de vida vuelva a aparecer en el mundo después de haber vivido toda una vida que es una mezcla patética de placer y de dolor? No tiene ningún sentido, ningún propósito. Simplemente ocurre porque así son las cosas. Las cosas surgen y desaparecen y luego vuelve a surgir. Todo en el universo es así.

Al eliminar la intoxicación con la existencia, la borrachera de la existencia, entonces pueden ver las cosas con claridad. El Buddha dice que estos cinco agregados son “adquisiciones del ser”. Es decir, el ser no es realmente estos cinco agregados. Estos cinco agregado son cosas que se forman por causa de kamma, tanha y avijja. Algo que se forma por causa del kamma no puede ser lo que realmente somos. Estos cinco agregados son un accidente, una cosa incidental. Esto es lo que uno ve cuando uno ya no tiene la visión distorsionada por la intoxicación, por la borrachera de la existencia. Esta es una de las enseñanzas más radicales y profundas del Buddha, porque si buscamos algo en el mundo para creer que es nuestro “yo”, serán precisamente estos cinco agregados. La enseñanza del Buddha va completamente contra la corriente de la creencia general en el mundo. Es una enseñanza que conduce a lo transmundano, a trascender el mundo, la existencia mundana.

La razón de tanto sufrimiento, tanto apego y tanta ilusión en la existencia mundana se debe a que las corrientes de vida asumen que son estos cinco agregados de existencia. En su ignorancia (avijja) los seres creen que son estas adquisiciones del ser. En este estado mental de no-conocimiento y engaño (moha), los seres llevan a cabo acciones intencionales inhábiles (mal kamma, kamma oscuro) y se aferran a la existencia con un deseo vehemente (tanha). Verás entonces que es prácticamente imposible dejar de producir kamma, tanha y avijja mientras creas que eres estos cinco agregados, mientras creas que estos cinco agregados son tu “yo”. Por eso el Buddha enseñó una doctrina que rompe radicalmente con el “habla convencional” aunque en el día a día es muy difícil dejar de usar este “habla convencional”. Lo seguimos usando para efectos prácticos, para que los otros nos entiendan, pero en nuestra mente sabemos la verdad.

Mira por ejemplo cómo las personas creen que son su cuerpo (rúpa). En realidad son muy pocas las personas en el mundo que sospechan o presienten o intuyen que no son “su” cuerpo, que este cuerpo sólo es una cosa que se formó por causas viejas acumuladas. La persona que cree que su cuerpo es su “yo” sufre mucho cada vez que se enferma, sufrirá mucho cuando envejezca y le tendrá, naturalmente, un terror imbatible a la muerte, porque si este cuerpo es “yo”, eso significa que este “yo” es muy frágil, que está sujeto a la enfermedad, la vejez y la muerte. Con la muerte la persona materialista cree que dejará de existir completamente. Y así fue como nació la creencia de que debe haber un “yo metafísico” inmortal, eterno, portador de la identidad de la persona, que sobrevive a la muerte. Así fue cómo el hombre antiguo sorteó la dificultad de creer que el cuerpo es el “yo”. Como el cuerpo no podía ser este “yo”, y como la idea de que este cuerpo es todo lo que tenemos y esa idea genera una angustia inmensa, las personas comenzaron a creer que debía haber un espíritu inmortal, un yo metafísico que sobreviviera a la muerte. El Buddha rechaza esta “solución” porque básicamente es una solución basada en una ilusión, una fantasía, una ficción metafísica (porque realmente no existe ningún yo inmortal y perfecto). Podemos clasificar así de manera muy general distintos grados de evolución mental y espiritual del ser humano en la humanidad:

  • Nivel más básico: la persona cree que el cuerpo es su “yo”, su ser, y que por tanto la “persona” queda completamente destruida con la muerte. Esta es la persona más básica, pero en realidad no abunda mucho esta opinión porque resulta existencialmente insoportable.
  • Nivel medio: la persona se niega a creer que el cuerpo es el “yo” (porque esta verdad es dolorosa y existencialmente insoportable) pero inventa la existencia de un “yo metafísico” (alma, espíritu, chispa divina, etc) para aliviar su angustia existencial. Esta persona es un poco más sofisticada que la anterior, y ciertamente más abundante en número en la humanidad.
  • Nivel avanzado: la persona sabe que el cuerpo no es el “yo” pero tampoco inventa la existencia de un “yo metafísico”. Esta persona sabe que el ser no queda completamente destruido con la muerte pero también sabe que no hay un ego-identidad que transmigra de un cuerpo a otro (reencarnación hinduísta). El cuerpo simplemente se forma, luego se desintegra y luego se vuelve a formar un nuevo cuerpo. Esta persona es la que ha trascendido los dos puntos de vista anteriores. En teoría todos los buddhistas deberían pertenecer a este grupo.

Y así como hicimos este análisis con respecto a rúpa (forma, cuerpo), lo hacemos igual con el resto de los agregados. No somos estos cuerpos y tampoco somos estas mentes. No somos estas sensaciones, estas percepciones, estas fabricaciones mentales y estas consciencias. Todo esto son “adquisiciones del ser”, objetos que surgieron en el mundo por causa de acciones pasadas de esta corriente de vida.

Las tres características universales y los cinco cúmulos de apego

El procedimiento que el Buddha utilizó para llegar a la verdad transmundana comienza con las tres características universales (aniccá, dukkhá, anattá). Al aplicar estas tres características a un agregado de existencia, llegamos a la conclusión natural y lógica de que ese cúmulo no puede ser un “yo” y que no puede haber un “yo” en ese cúmulos. El procedimiento de reflexión comienza así:

  1. Primero admitimos que un cúmulo o agregado en cuestión es inestable, temporal, impermanente (esto es aniccá, la primera característica universal de todos los fenómenos).
  2. Luego admitimos que por causa de ello el cúmulo en cuestión es frágil, molesto, frustrante, causa de malestar y que por tanto no tiene sentido pensar que es perfecto o buscar satisfacción en él (eso es dukkhá, la segunda característica universal de todos los fenómenos).
  3. Y en tercer lugar, debido a lo anterior, es imposible que el cúmulo en cuestión sea un yo final o definitivo o que pueda portar dentro de sí un ser final y definitivo (eso es anattá, la tercera característica universal de todos los fenómenos), puesto que, por definición, un “yo” debe ser una entidad estable, fija, definitiva, portadora de una identidad.

Luego uno debe reflexionar de la siguiente manera en primera persona, pensando en los cúmulos de apego de uno mismo:

Esta forma [cuerpo] es inestable, temporal, momentánea, transitoria, fugaz y evanescente. Por tanto esta forma es frágil, molesta, frustrante, causa de angustia, causa de malestar y en última instancia decepcionante. Por tanto esta forma no es “mía”, no es ningún “yo”, no es lo que “yo soy”.

Estos sentimientos [sensaciones] son inestables, temporales, momentáneos, transitorios, fugaces y evanescentes. Por tanto estos sentimientos son frágiles, molestos, frustrantes, causa de angustia, causa de malestar y en última instancia decepcionantes. Por lo tanto estos sentimientos no son “míos”, no son ningún “yo”, no son lo que “yo soy”.

Estas percepciones son inestables, temporales, momentáneas, transitorias, fugaces y evanescentes. Por tanto estas percepciones son frágiles, molestas, frustrantes, causa de angustia, causa de malestar y en última instancia decepcionantes. Por tanto estas percepciones no son “mías”, no son un “yo”, no son lo que “yo soy”.

Estas construcciones mentales [pensamientos intencionales] son inestables, temporales, momentáneas, transitorias, fugaces y evanescentes. Por tanto estas construcciones mentales son frágiles, molestas, frustrantes, causa de angustia, causa de malestar y en última instancia decepcionantes. Por tanto estas construcciones mentales no son “mías”, no son un “yo”, no son lo que “yo soy”.

Esta consciencia es inestable, temporal, momentánea, transitoria, fugaz y evanescente. Por tanto esta consciencia es frágil, molesta, frustrante, causa de angustia, causa de malestar y en última instancia decepcionante. Por tanto esta consciencia no es “mía”, no es un “yo”, no es lo que “yo soy”.

Esta es la manera en que uno deja de identificarse con los cinco agregados y destruye la creencia de que estos cinco agregados son un “yo” o que en estos cinco agregados hay un “yo” fijo y definitivo.

¿Y qué, Radha, está en un estado de cesación? La forma está en un estado de cesación. La sensación está en un estado de cesación. La percepción está en un estado de cesación. Las construcciones mentales y la consciencia están también en un estado continuo de cesación. Entendiendo esto, Radha, ¡el bien instruido Noble Discípulo experimenta desagrado por la forma, desagrado por la sensación, desagrado por la percepción, desagrado por las construcciones mentales y desagrado por la consciencia misma! ¡Experimentando desagrado, se vuelve desilusionado! A través de la desilusión su mente se libera. Cuando está liberado, instantáneamente sabe: “Esta mente está liberada”. Y entiende: “El renacimiento se ha extinguido, esta Noble Vida está completa, hecho está lo que debería estar hecho, ya no hay otro estado de ser después de este…”

Fuente: Los Dichos Agrupados del Buddha. Samyutta Nikáya 23:24-34 III 199

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