Dicotomía ética del bien y del mal en la filosofía de Buddha

A finales del siglo XIX el filósofo alemán Friedrich Nietzsche comenzó una revolución filosófica al afirmar que no existían hechos morales, que el ser humano no poseía eticidad (rasgos morales) alguna y que por tanto toda la dimensión moral de la experiencia humana era ficticia. La conclusión de Nietzsche se basada en sus lecturas de Charles Darwin y en las interpretaciones tempranas que aparecieron sobre el darwinismo. Si todo lo que el ser humano hace (básicamente un animal más en la naturaleza, según Nietzsche) está motivado únicamente por impulsos y pulsiones inconscientes regidas por la voluntad de poder y la necesidad de sobrevivir, entonces las costumbres y nuestra definición del bien y del mal serían constructos artificiales creados consciente o inconscientemente para dominar y para sobrevivir. Todo lo que el ser humano había definido en términos de la ética, pensó Nietzsche, comenzando por la filosofía y terminando con la religión institucionalizada, sería entonces una fachada para canalizar los impulsos vitales, biológicos y naturales que se mueven dentro de nosotros.

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Friedrich Nietzsche

La moral y la eticidad del ser humano no tienen substancia: tal fue la conclusión del filósofo alemán. Básicamente somos animales que justifican sus actos y sus formas de vida con etiquetas como “lo bueno” y “lo malo”, que en realidad no son más que eso: etiquetas. Esta interpretación nietzscheana del darwinismo temprano dio origen al darwinismo social (todo él negativo, aunque se afirma lo contrario), que desde entonces ha erosionado ferozmente nuestra creencia en la existencia de hechos morales y en la eticidad del ser humano. Pero, ¿acaso no existen los hechos morales? ¿Acaso la eticidad del ser humano no es más que un mecanismo superficial para justificar pulsiones vitales? Todo depende de cómo se defina a la criatura humana.

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Charles Darwin

 

Nieztsche optó por aceptar la visión del darwinismo temprano (que también ha evolucionado, como las especies) de que el ser humano no es más que un animal social, y que por tanto la ética es básicamente un rasgo ficticio puesto que no está presente en el resto de los animales. A esto se puede responder de varias maneras. Se puede decir por ejemplo que (a) hay varios tipos de animales y que el ser humano pertenece al grupo de los animales cuyos actos y pensamientos poseen eticidad. Otra manera de darle la vuelta al problema es afirmar que (b) pueden existir distintos tipos de eticidad y que el ser humano no ha sido capaz de descubrir la eticidad propia del resto de los animales.

mother1.Recientemente se ha descubierto que algunos primates poseen formas rudimentarias de cultura, conductas enseñadas y aprendidas y que sólo se pueden transmitir directamente de padres a hijos por medio de alguna forma de “educación”. También se ha descubierto que ciertas especies de delfines y elefantes poseen formas rudimentarias de dicha “educación”. Donde hay cultura y educación, incluso sin lenguaje y sin instituciones, podemos afirmar que hay eticidad (definiciones del “bien” y del “mal”), aunque tal eticidad y sus objetos morales no puedan ser articulados por los animales en cuestión. Lo que esto significa, en términos darwinistas y nietzscheanos, es que el ser humano no es el único animal que lleva a cabo procesos de educación y de cultura. Y lo que esto último significa es que la eticidad podría ser inherentemente natural en las formas “superiores” de vida animal (mamíferos básicamente). En otras palabras: el Homo sapiens no es dueño exclusivo ni “inventor” de la eticidad. Ergo, la eticidad es en principio natural, proviene de la naturaleza, no es necesariamente una “artificialidad enmascarante” creada por el ser humano. Esto derriba toda la tesis nietzscheana y las conclusiones a priori de los socialdarwinistas del pasado y de la actualidad.

Uno puede ir incluso más allá: uno puede afirmar que el ser humano en sí es un hecho moral, un hecho moral desde el punto de vista de la relación que existe entre materia y vida en el universo. Si un ser humano creciera abandonado en la selva o en un bosque, completamente aislado de otros seres humanos, inventaría su propia forma de eticidad. Y esto probaría que la moral es co-substancial con la esencia misma del ser humano. El problema es que no todos los seres humanos nacidos y crecidos en la naturaleza serán capaces de inventar su propia eticidad (de la misma manera que no todos los humanos que viven en sociedad son capaces de componer una sonata o pintar un paisaje impresionista) y los socialdarwinistas utilizarían esto como una “evidencia” de que los hechos morales y la criatura ética no existen.

La visión del Buddha sobre la eticidad del ser humano y su capacidad para definir el bien y el mal parece incluir varios enfoques. Por un lado el Buddha habla de lo bueno y lo malo en términos de acciones “hábiles” e “inhábiles”. En los discursos del Buddha el mal es el concepto, la abstracción y la etiqueta que usamos para reunir todos los pensamientos, palabras y acciones que no nos conviene realizar, que son inhábiles (akusala* en idioma páli). El bien es el concepto, la abstracción y la etiqueta que usamos para reunir todos los pensamientos, palabras y acciones que nos conviene realizar, que son hábiles (kusala). Esto es un enfoque “utilitarista” del ser humano como ser vivo capaz de realizar acciones. En este punto diríamos que el ser humano es igual a los animales, puesto que los animales también posee pensamientos, acciones, e incluso a veces alguna forma de palabra (aunque muy menos desarrollada que la nuestra). Sin embargo, el análisis del Buddha no es netamente utilitarista. Su criterio para definir qué acciones, palabras y pensamientos son convenientes o inconvenientes toma en cuenta los contenidos y procesos mentales, especialmente la función de la volición (cetana, intención, intencionalidad). La intención con la que realizamos una acción, decimos una palabra, o tenemos un pensamientos, es lo que realmente define si tal acción, palabra o pensamiento es bueno o malo. Así como Nietzsche vio solamente impulsos corporales y pulsiones biológicas detrás de las acciones humanas, el Buddha vio intención (cetana).

Aparte de la intención con la cual realizamos una acción, y que puede servir de criterio para definir una conducta determinada, el Buddha recurrió a tres funciones de la mente humana para poder definir todo el universo de acciones y conductas que abarcan lo hábil y lo inhábil. Esas tres funciones las describiremos con tres palabras clave: atracción, repulsión y negligencia. En los suttas del Canon Páli se les llama a veces el signo de la atracción, el signo de la repulsión y el signo de la vigilancia/negligencia. Comenzaremos con estas tres palabras clave y las utilizaremos para describir todo el edificio filosófico del Buddha con respecto al tema de la moral, del bien y el mal, con el siguiente gráfico:

Dicotomía ética según Buddha.

Lo más interesante de la descripción ética del Buddha es que, basándonos en estos tres mencionados signos o funciones de la mente, tenemos una descripción orgánica, natural de las raíces de la eticidad humana. Aquí el bien y el mal no están definidos desde criterios externos: no es un ser sobrenatural o un profeta que viene a la Tierra a decirle al ser humano lo que debe hacer y lo que no debe hacer. Buddha queda categóricamente excluido de toda posibilidad de ser tomado como profeta o como un ser sobrenatural. Su enseñanza ética es, por tanto, la enseñanza de un ser humano que describió las funciones profundas de la mente humana y que encontró en dichas funciones las raíces de lo que podemos llamar “el bien” y “el mal”. Al utilizar Buddha estas funciones de la mente como criterios para definir el bien y el mal ha dado a lugar a una descripción orgánica, funcionalista, de la moralidad humana. Al ser esta descripción orgánica, funcionalista, psicológica en esencia, puede ser explorada y comprobada por cualquiera.

El bien y el mal tampoco están definidos aquí desde criterios ficticios, hablando en términos nietzscheanos. Lo que esto quiere decir es que, estos tres signos de los que habla Buddha son fácilmente reconocibles en toda mente humana (incluso en la mente del resto de los animales): no provienen, por ejemplo, de un ser divino (ya sea un dios supremo, un alma inmortal o chispa divina, o algún ser demoníaco o ctónico); no provienen tampoco de una dimensión metafísica o de alguna otra entidad transmundana. Los tres signos o funciones, como dijimos, son orgánicos, naturales e inherentes a la fisiología de la mente de seres biológicos. Expliquemos ahora los tres mencionados signos.

El signo o función de la atracción consiste en el hecho de que la mente experimenta atracción, placer, agrado, ante ciertos datos sensoriales y ante ciertos contenidos mentales. El signo de la repulsión es opuesto al anterior: consiste en la capacidad de la mente de experimentar repulsión, rechazo, ante ciertos datos sensoriales y ciertos contenidos mentales. El signo de la negligencia podría llamarse también “signo de la indiferencia” o “signo de ni-atracción-ni-repulsión”. Consiste en la capacidad de la mente humana de no experimentar ni atracción/agrado ni repulsión/desagrado ante ciertos datos sensoriales y contenidos mentales. No todos los datos sensoriales y contenidos mentales son agradables o desagradables: aquellos datos y objetos que son neutros en ese sentido, pertenecen al dominio del “signo de la negligencia”. El Buddha lo llamó negligencia (literalmente falta de vigilancia o no-vigilancia, appamada) porque la mente utiliza esta función para ignorar y descuidar aquello que no parece de interés para la intención que hay detrás de nuestras acciones y pensamientos. Lo que esto significa es que, cuando un dato sensorial o contenido mental no nos proporciona ni placer ni displacer, generalmente lo descartamos o lo ignoramos.

Ahora, como la filosofía de Buddha básicamente es una dieta moral, mental y espiritual, al Buddha le interesó más hablar de los procesos mentales negativos, inhábiles, inconvenientes, inoportunos, que se derivan de estos tres signos o funciones, con el propósito de que las personas pudieran identificar esos procesos y trascenderlos (porque la vida en el mundo se puede definir como una evolución que las corrientes de vida realizan desde lo inhábil hacia lo hábil). Los tres procesos mentales negativos, inhábiles que se derivan de los tres signos el Buddha los llamó impurezas o contaminaciones (en páli: kilesa). Estas tres impurezas o contaminaciones es lo que en esencia se define como “el mal” o “lo malo” en la filosofía buddhista:

  • El signo de la atracción produce la impureza lobha. Esto se traduce como codicia, avaricia, deseo, pasión, sed, lujuria. Entendiendo que lobha se refiere a todos los tipos de procesos mentales basados en la capacidad de la mente de sentir atracción y placer por ciertos datos y contenidos, vemos bien de qué se trata esta impureza. (Hay que entender también que las impurezas aquí mencionadas no son una cosa en sí, un bloque con límites definidos: es más bien una serie o tipo de funciones, un universo de conductas y contenidos, todos basados en el signo de la atracción).
  • El signo de la repulsión produce la impureza dosa. Esto se traduce como odio, aversión, desprecio, animadversión, repulsión. Cuando la mente está funcionando en modo dosa, está entonces experimentando desagrado y repulsión hacia ciertos datos sensoriales y ciertos contenidos mentales. La mayoría de las veces esto se experimenta anímicamente con sensaciones de rabia o de ira, por eso el Buddha incluye la rabia y la ira en el imperio de esta impureza o contaminación mental.
  • En el signo o función de la negligencia, como ya dijimos, la mente no experimenta ni atracción ni repulsión, ni agrado ni desagrado hacia los datos sensoriales o contenidos mentales, y por lo tanto se inclina hacia el proceso de ignorar, de obviar, de desestimar, de desconocer (no prestar atención). Esto explica por qué el Buddha llamó a esta impureza moha, es decir ignorancia (literalmente no-conocimiento). Cuando la mente humana opera en el lado negativo, inhábil, descuidado, de este signo o función mental, se produce lo que llamamos ignorancia, confusión, fantasía, engaño, ilusión, en suma: no-conocimiento, interpretación incorrecta de la realidad.

Como se ve en el gráfico superior, estas tres impurezas forman la columna derecha del mal. En estos tres tipos de procesos mentales (lobha, dosa, moha) tenemos el imperio completo de todo lo malo que el ser humano es capaz de hacer. Aquí están todos los pensamientos, palabras y acciones que podemos calificar de malos o que constituyen lo que llamamos “el mal”. No es que el signo de la atracción sea malo en si, o que la atracción (lobha) sea mala en sí (porque dijimos ya, y el Buddha coincide en esto, que el bien y el mal no son “cosas en sí”, no poseen “coseidad”, hablando en términos nietzscheanos): lo que es malo es cuando utilizamos la atracción de manera inhábil, de manera que no nos conviene o que de manera que nos genere más daño que beneficio. Igual con los otros dos signos e impurezas.

También podríamos decir que las impurezas se definen como la forma extrema, obsesiva, de los tres signos. Por ejemplo: la codicia, la avaricia materialista no es más que una forma extrema, obsesiva, de lobha. Dicho así, lobha es el extremo negativo, inhábil, inconveniente, obsesivo, de la función mental de la atracción. Las adicciones también están representadas allí. Una persona siente placer, agrado, hacia el sabor de una substancia determinada. Cuando la mente se vuelve extrema en su función de atracción hacia esos datos sensoriales, la persona se vuelve entonces adicta a esa substancia en particular, la substancia que le produce placer cuando es consumida. En el signo de la repulsión y en la impureza dosa tenemos por ejemplo el asesinato y la guerra: una persona o grupo de personas sienten un desprecio, una repulsión extrema hacia otra persona o grupo de personas y, entregándose inhábilmente a la función mental de la repulsión la persona o grupo de personas cometen el asesinato de aquello que odian.

El signo de la negligencia es un poco más difícil de comprender. Quizás se pueda entender de la siguiente manera. Cuando la mente siente atracción y agrado hacia algo, tiene la posibilidad de descubrir si ese algo le beneficia o no. La persona prueba la substancia o cosa que le produce placer y al cabo de un tiempo puede verificar si las consecuencias de experimentar, de “consumir” esos datos o contenidos le trae buenas o malas consecuencias. Igual ocurre con la repulsión y el desagrado. Lo más común es el error de la mente de creer que lo que nos produce agrado o placer es bueno para nosotros, mientras que lo que nos produce desagrado o displacer es malo para nosotros. Todos sabemos que esto no es cierto porque lo hemos explorado, lo hemos experimentado. Pero cuando un dato sensorial o un contenido mental no produce placer o agrado, ni displacer o desagrado, la mente no sabe qué hacer con ello. A la mente le cuesta juzgar si los datos sensoriales, las experiencias y los contenidos mentales neutros (en términos de placer y displacer) son beneficiosos o perjudiciales. Por eso el signo de la negligencia, en su extremo inhábil producen lo que llamamos también fantasía, engaño, confusión, ignorancia. Aquello que no despierta ni atracción ni repulsión en la mente, queda relegado a un rincón que no despierta interés alguno en la mente, y por lo tanto la mente no lo analiza, no lo experimenta, no lo desarrolla.

Otro aspecto del signo de la negligencia se refiere a la capacidad humana de crear contenidos mentales que en sí mismos producen placer o displacer. Los temores y las fantasías horrorosas de cosas que no existen son contenidos mentales que producen repulsión y desagrado, mientras que las ilusiones y fantasías esperanzadoras, bonitas, de cosas que tampoco existen son contenidos mentales que producen atracción y agrado. La impureza moha se refiere en este sentido a la capacidad de la mente de experimentar contenidos mentales (ya sean atractivos o repulsivos) que no tienen correspondencia real con la realidad externa sensorial. Por eso incluimos las ilusiones, las fantasías y el (auto)engaño en el dominio de la tercera impureza. Por ejemplo, algunas personas inventan seres que no existen, como estos seres llamados “maestros ascendidos” de la Nueva Era. Estos son contenidos mentales que no corresponden con nada real: son imágenes, datos mentales que sólo existen en la mente de las personas que creen en la existencia de esos seres ficticios. Esto es engaño, auto-engaño, fantasía, ilusión. En el lenguaje de Buddha y en una palabra: ignorancia (no-conocimiento). Otro ejemplo: una persona tiene físicamente un peso normal para su estatura pero cuando esta persona se ve en el espejo, cree verse obesa. La persona no es capaz de analizar correctamente los datos sensoriales: en su mente, la imagen (contenido mental) que se ha creado de sí misma no corresponde con la realidad física (el dato sensorial real dice que no es obesa, que su peso está bien). Esto es un ejemplo de moha, auto-engaño, fantasía.

Que usemos el término negligencia para estos casos se debe quizás a que, en estos procesos mentales el Buddha ve a la mente siendo incapaz de “vigilar” y de interpretar correctamente la información sensorial y los contenidos mentales. También porque, al volvernos vigilantes, atentos a la realidad sensorial y a la observación desapasionada de los contenidos mentales desarrollamos nuestra habilidad para ver las cosas tal como son (en términos utilitarios esto es: ver la verdad, descubrir la verdad, interpretar hábilmente los datos sensoriales y los contenidos mentales).

Habiendo definido los tres dominios principales de la mente humana en los cuales se dan los procesos mentales inhábiles (y por tanto “malos”), el Buddha pudo definir los tres dominios opuestos, y por lo tanto el dominio de lo que llamamos virtud, pureza o “el bien”. Las purezas o cualidades hábiles que son opuestas a las impurezas quedaron definidas en el idioma páli con sus antónimos directos (formados con el prefijo a-): alobha, adosa, amoha (ver columna izquierda en el gráfico superior). En el Canon Páli aparecen otros términos análogos y sinónimos, pero eso no destruye la simetría de estos tres mencionados antónimos.

Ya cubrimos más de la mitad del gráfico superior. Explicamos los tres signos o funciones básicas de la mente y las impurezas o procesos mentales inhábiles que son un extremo de esos signos. Ahora no será difícil definir sus contrarios. Alobha reúne y describe todos los procesos mentales mediante los cuales rechazamos o trascendemos el signo de la atracción. Es el extremo hábil del signo de la atracción. Al rechazar o trascender el placer, el agrado que nos produce un dato sensorial o un contenido mental, somos capaces de destruir todo apego o adicción que podamos tener hacia esos objetos. En términos más mundanos y utilitarios eso lo definimos como desprendimiento de lo material, de las posesiones, generosidad (en el sentido de compartir, regalar, donar, dar), renuncia de los placeres sensuales. Cuando trascendemos la impureza lobha, nos volvemos generosos, desprendidos de lo material, indiferentes a las cosas que producen adicción e intoxicación. Este es el primer tema que el Buddha enseñó a las personas laicas. Y la renuncia a las cosas que nos producen placer es la primera regla de entrenamiento de la persona laica que quiere convertirse en un discípulo ordenado del Buddha, esto es, un monje o una monja. El monje o monja toma un voto de renuncia y desprendimiento de lo material para crear las condiciones necesarias por medio de las cuales la mente se encamina hacia alobha, hacia el bien, la virtud, la pureza en términos del signo de la atracción. Por eso la vida monástica instituida por el Buddha (estilo de vida que el mismo Buddha vivió durante sus últimos 45 años de vida) incluye renuncias o desprendimientos tan radicales como ser célibe, no poseer bienes inmuebles ni dinero, renunciar al gusto por las comidas preferidas, a los perfumes, joyas y espectáculos de música y entretenimiento, etc. Todo esto se hace con el propósito de entrenar la mente en el lado bueno, hábil, oportuno, conveniente, de la barra del signo de la atracción.

En la segunda barra, el signo de la repulsión, adosa es todo lo contrario de dosa: adosa es aprecio, amigabilidad, amor universal, buena voluntad (buenos deseos) y la ausencia de rabia e ira. La persona que ha trascendido el signo de la repulsión y su forma inhábil ya no puede sentir odio, desprecio, repulsión, ni siquiera hacia las cosas que efectivamente son desagradables o displacenteras. En el entrenamiento de Buddha esto se logra con ejercicios de amigabilidad o generosidad amorosa (en páli, metta) y con el ejercicio constante de la compasión (karuna) hacia todos los seres vivos. También la ecuanimidad y la inofensividad son actitudes que nos centran en la paz, en la ausencia de rabio y de ira.

El signo de la negligencia es clave en la Doctrina de Buddha: trascender dicho signo y su forma inhábil moha presupone (siempre y cuando se hayan trascendido también los dos signos anteriores) la adquisición del conocimiento sobrenatural y de la sabiduría total y definitiva en el logro mental y espiritual definido como “el despertar” (bodhi, de donde proviene el substantivo Buddha, que significa “el Despierto”). Cuando la mente es capaz de ver las cosas tal como son, ver la realidad tal como es, la mente ya no puede engañarse a sí misma. Cuando esto ocurre las interpretaciones internas sobre la realidad se extinguen porque la mente es capaz de comprender la realidad sin el mecanismo intermediario de los conceptos y las etiquetas mentales. Por esto es que el Buddha en muchos discursos afirma que su Doctrina trasciende los puntos de vista, las opiniones, las abstracciones y la dialéctica filosófico-metafísica. En realidad el Dhamma o enseñanza de Buddha hace uso de todo este mecanismo discursivo intermediario pero lo hace en la medida en que dicho mecanismo sirve para explicar el método por medio del cual se trasciende todo esto. El Dhamma es así esta “balsa” que uno desecha una vez que uno alcanza la meta (“la otra orilla” o “la orilla lejana”, es decir, Nibbána). Ocurre también que la persona que se acerca al logro de la iluminación o despertar puede efectivamente albergar interpretaciones sobre la realidad, pero tales interpretaciones serán hábiles, correctas, adecuadas, serán interpretaciones que otros sabios podrán corroborar y valorar.

Todo esto apunta a los procesos mentales y cualidades definidas por amoha: la sabiduría, el conocimiento (correcto), la comprensión hábil de la realidad, la interpretación hábil de los fenómenos reales, la honestidad (la incapacidad de engañarse o engañar a otros) y la claridad de la mente (ausencia de confusiones, fantasías, ilusiones). En la práctica, los procesos de amoha se inmiscuyen en el análisis de los otros dos signos, el de la atracción y el de la repulsión. Por medio del conocimiento y la claridad mental y de la descripción hábil de la realidad, podemos comprender cómo funciona la mente y cuáles procesos mentales nos convienen y cuáles no nos convienen. Todo esto que hemos hecho aquí es amoha en acción: hemos arrojado luz sobre los tres signos que son las funciones principales de la mente y que en sí no son ni buenos ni malos, simplemente son funciones que posee la mente; hemos descrito tales signos y las formas inhábiles que asumen, formas que hemos definido como “el mal” porque son procesos que no nos conviene llevar a cabo; y hemos descrito también los opuestos de esas funciones que son la meta a la cual aspiramos. Aspiramos al bien, aspiramos a la pureza, aspiramos a la virtud. Esto es conocimiento y sabiduría en acción (amoha).

Las kilesa (impurezas o contaminaciones) en el Cánon Páli:

  • Como una fuente de daño y sufrimiento en el mundo: Samyutta Nikáya 3.23
  • Como putrefacción: Anguttara Nikáya 3.126
  • Como manchas/enemigos/asesinos/etc: Itivuttaka 88
  • Abandono de las kilesa como una garantía de no-retorno (a la existencia mundana): Itivuttaka 1-8
  • Kilesa forma la raíz de la acción inhábil: Itivuttka 50
  • Kilesa quema como un fuego: Itivuttaka 93
  • Kilesa son como manchas sucias sobre una tela originalmente limpia: Majjhima Nikáya 7
  • Entender lo hábil (kusala) y sus opuestos como una base para el Entendimiento Correcto: Majjhima Nikáya 9

¿Para qué definir el bien y el mal?

Al Buddha en realidad no le interesó definir el bien y el mal con el propósito de discriminar a los seres y poder decir “estos son buenos” y “estos son malos”. Definir lo bueno y lo malo es solamente un medio para etiquetar lo que es hábil (kusala) o inhábil (akusala). Esto es importante meramente porque lo hábil produce consecuencias superiores, adecuadas, luminosas, mientras que lo inhábil produce consecuencias inferiores, inadecuadas, oscuras. Al individuo le conviene saber esto para poder establecer de antemano las consecuencias positivas de su propio futuro: el individuo hábil siembra semillas (kamma) de consecuencias futuras felices para sí mismo y para otros seres; el individuo inhábil siembra semillas de consecuencias futuras infelices para sí mismo y para otros seres. Hay que recordar aquí el Buddha vio la vida del ser humano como una obra que el ser humano mismo construye: no hay un dios o un ser sobrenatural que venga a imponernos un futuro determinado sino que somos nosotros mismos los que construimos nuestro futuro por medio de las cosas que hacemos, pensamos y decimos. Por esto el punto de vista de la ética búddhica tiene un componente utilitario fundamental que contrasta radicalmente con el componente mítico-religioso de las otras religiones mundiales.

Las impurezas (kilesa) definidas como raíz de lo inhábil (akusala) y sus opuestos como raíz de lo hábil (kusala) son el origen de los preceptos morales enseñados por el Buddha. Los preceptos buddhistas no son para la satisfacción de la voluntad de un dios creador ni para el beneplácito del mismo Buddha (quien ya no existe como persona mundana). Son estrictamente para la configuración positiva, feliz, del futuro del individuo. Un discurso donde vemos la conexión directa entre las impurezas (kilesa) y los preceptos morales es el discurso en MN 9, el Sammaditthi Sutta (Discurso sobre el Entendimiento Correcto).

Sammaditthi Sutta

3. “Cuando, amigos, un noble discípulo entiende lo inhábil [no-integro], la raíz de lo inhábil, lo hábil [íntegro], y la raíz de lo hábil, en esa medida él es una persona de entendimiento correcto, cuya visión (entendimiento) es recto, que tiene confianza perfecta en el Dhamma (enseñanza), y que ha llegado a este Dhamma verdadero.

4. “¿Y qué, amigos, es lo inhábil, cuál es la raíz de lo inhábil, qué es lo hábil, cuál es la raíz de lo hábil? Matar seres vivos es inhábil; tomar lo que no nos han dado es inhábil; conducta errónea con respecto a los placeres sensuales es inhábil; hablar con falsedad es inhábil; hablar maliciosamente es inhábil; hablar ásperamente es inhábil; el chisme es inhábil; la envidia es inhábil; la mala voluntad es inhábil; el entendimiento incorrecto es inhábil. Esto es lo que llamamos inhábil.

5. “¿Y cuál es la raíz de lo inhábil? La codicia [lobha] es una raíz de lo inhábil; odio [dosa] es una raíz de lo inhábil; engaño [moha] es una raíz de lo inhábil. Esto es lo que llamamos la raíz de lo inhábil.

6. “¿Y qué es lo hábil? Abstenerse de matar seres vivos es hábil; abstenerse de tomar lo que no nos han dado es hábil; abstenerse de la conducta errónea con respecto a los placeres sensuales es hábil; abstenerse de hablar con falsedad es hábil; abstenerse del habla maliciosa es hábil; abstenerse del habla áspera es hábil; abstenerse del chisme es hábil; la no-envidia es hábil; la buena voluntad es hábil; el entendimiento correcto es hábil. Esto es lo que llamamos hábil.

7. “¿Y cuál es la raíz de lo hábil? La no-codicia [alobha] es una raíz de lo hábil; el no-odio [adosa] es una raíz de lo hábil; el no-engaño [amoha] es una raíz de lo hábil. Esto es lo que llamamos la raíz de lo hábil.

8. “Cuando un noble discípulo ha entendido así lo inhábil [no-integro], la raíz de lo inhábil, lo hábil [íntegro], y la raíz de lo hábil, él abandona completamente la tendencia subyacente a la lujuria, destruye la tendencia subyacente a la aversión, extirpa para tendencia subyacente a la visión y engaño del “yo soy”, y abandonando la ignorancia y haciendo surgir el verdadero conocimiento él aquí y ahora pone fin al sufrimiento. De esta manera también un noble discípulo es uno que tiene visión correcta, cuya visión es recta, que tiene confianza perfecta en el Dhamma y que ha llegado a este Dhamma verdadero.”

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*Kusala y akusala se definen literalmente de la siguiente manera:

  • kusala: kámmicamente íntegro, completo, beneficioso, saludable, moralmente bueno, hábil, y sin culpa.
  • akusala: kámmicamente no-íntegro, incompleto, dañino, insano, moralmente malo, inhábil y culposo.

Hay miles de planetas como la Tierra

El universo es tan grande. La mayoría de las personas no tienen idea. Solamente pensar en nuestra galaxia, la Vía Láctea, da vértigo. Hace décadas, cuando los científicos discutían cómo se pudo haber formado la vida orgánica en la Tierra, la mayoría de ellos adhería a la teoría del caldo nutritivo. Ésta es más o menos la crónica resumida de cómo ha evolucionado la opinión científica general.

  1. Primero se pensó que la vida en la Tierra era única. Tan única que no podía existir otro planeta en el universo que pudiera tener seres inteligentes como nosotros. Científicos tan célebres y eruditos como Issac Asimov parecen haber preferido esta tesis (en sus novelas de La Fundación el planeta Tierra es el lugar de origen de los seres humanos en toda esta galaxia).
  2. Luego los científicos se dieron cuenta de que, si la materia es igual en todo el universo (los mismos elementos químicos y las mismas fuerzas físicas), y si el universo es tan grande como parece (de hecho es más grande de lo que parece), entonces lo lógico es suponer que hay varios planetas como la Tierra y que en esos planetas se puede formar la vida biológica igual que como se formó aquí. Esta posición parece prevalecer durante la primera mitad del siglo XX y primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, y acepta la teoría del caldo de aminoácidos en los mares y océanos de la Tierra primitiva (la teoría de que los relámpagos y actividad eléctrica formaron los aminoácidos simples y luego estos se aglutinaron formando las estructuras básicas de los virus y bacterias). Aunque esta opinión se aleja de la posición 1, en la mayoría de los casos no admitía la probabilidad de que la aparición de vida biológica ocurriera en muchos planetas. Sólo unos pocos en nuestra galaxia.
  3. Luego se descubrió que los meteoritos y cometas que caen en los planetas portan grandes cantidades de material orgánico. Algunos de estos fragmentos puede contener incluso muestras de material biológico. Aunque no se responde todavía la pregunta de dónde provienen esas muestras, se asumió que el intercambio de materia orgánica entre los distintos cuerpos de un sistema solar era un hecho frecuente. Y en efecto hasta el día de hoy se sabe que este intercambio de materia entre los planetas, asteroides y lunas dentro de un sistema solar efectivamente ocurre con mucha frecuencia. La aparición de la vida en un planeta no depende entonces de que los primeros organismos se formen por mero azar: basta que haya vida en un planeta en un sistema solar para que ese planeta sea capaz de “contagiar” con vida biológica a los otros cuerpos del sistema. Entonces, aunque haya pocos planetas que hayan dado origen a la vida biológica en una galaxia, esa vida biológica probablemente se “contagia” de ese planeta o muchos otros cuerpos por mera acción de meteoritos, asteroides y cometas.
  4. A lo anterior se añade el descubrimiento de grandes cantidades de animoácidos y compuestos de hidrógeno flotando libres en algunas nebulosas. Antes se pensaba que no podía haber materia orgánica flotando en el espacio, que ese tipo de materia sólo podía formarse en la superficie de un planeta terroso como la Tierra, Venus o Marte. Si las nebulosas planetarias son fábricas de aminoácidos o compuestos orgánicos que quedan flotando en el espacio, entonces las probabilidades de que los planetas absorban ese material y den origen a vida biológica se incrementa.
  5. Al combinar la información en 2, 3 y 4, llegamos al momento presente: muchos científicos ahora reconocen que, siendo la galaxia tan grande, con tan inmensa cantidad de estrellas parecidas al sol, es probable entonces que no sólo haya unos pocos planetas como la Tierra sino que haya miles de planetas como la Tierra, solamente en nuestra galaxia. Nos referimos a planetas llenos de vida biológica, ya sea auto-consciente (como nosotros) o no-auto-consciente.
  6. Algunos pocos añaden a lo anterior la posibilidad de que las civilizaciones tecnológicamente avanzadas en la galaxia se den a la tarea de diseminar la vida biológica (ya sea no-auto-consciente como vegetales y animales, ya sea auto-consciente como seres homínidos). Puede ser que lo hagan simplemente como “servicio” a la vida biológica en sí, o como consecuencia de la expansión territorial (una característica que bien puede ser inherente a todos los homínidos en el universo). En ese caso el número de planetas habitados por seres inteligentes se multiplica en la galaxia. Podría hablar incluso de un millón (o más) de planetas, planetoides, lunas y asteroides que contengan alguna forma de vida biológica.
  7. Finalmente, al combinar el número 5 y 6, que básicamente se refieren a nuestra galaxia, tendríamos que admitir la realidad de que el universo hay (o ha habido) literalmente billones de planetas habitados como la Tierra, en base a la cantidad extraordinariamente grande de galaxias parecidas a la nuestra.

Lo que yo quiero resaltar de este recuento es lo siguiente: la galaxia está “desbordante” de vida biológica y esa visión extraña de Asimov de una galaxia donde toda la vida proviene de la Tierra es totalmente inverosímil. También quiero decir que la Tierra no juega ningún rol especial en la historia de la vida biológica en la galaxia. Nuestro planeta no es ni el génesis ni el apocalipsis de la vida en la galaxia. Esto es algo que hay que decirlo para contrarrestar un poco los mitos y fantasías (que vienen del ámbito religioso) que pretenden otorgarle a la Tierra un rol protagónico en la galaxia, así como antaño las religiones deístas enseñaron que la Tierra era el centro del universo. Yo creo que a medida que analizamos las cosas de manera racional, los diversos mitos y leyendas se deben ir disipando.

Es mi conocimiento personal, y estoy seguro que esto se va a “descubrir” y comprobar en el futuro, que la vida biológica tiende a ser igual en todos los planetas donde ella surge. Así como la materia es la misma en todas partes y las leyes físicas son las mismas, y las condiciones para que un planeta de origen a la vida biológica son las mismas en todo el universo, lo que se desprende como consecuencia lógica es que la vida biológica siga el mismo curso en todas partes. Hay protozoarios y todos son iguales en todo el universo. Luego hay vegetales, luego animales marinos. Estos últimos evolucionan y dan origen a reptiles, luego anfibios, luego mamíferos. Todo se da igual en millones y millones de planetas en el universo. Hay dinosaurios en planetas que tienen ciertas condiciones. Algunos especies que conocemos pueden faltar en algunos planetas, y algunos otros puede haber especies que no tenemos aquí, pero de manera general las líneas de la evolución son las mismas.

¿Y qué con la forma humana? Estoy convencido de que la forma humanoide (primates y homínidos) es la meta, el punto de llegada, del juego de la evolución biológica en todo el universo. Las galaxias producen planetas terrosos adecuados para la vida. Dichos planetas producen vida biológica, que básicamente es la misma en todo el universo. Esta vida biológica evoluciona lentamente, ya sea sin ayuda o con ayuda (de civilizaciones avanzadas), y finalmente producen lo que deben producir: un ser vivo que posee las características físicas que nosotros poseemos. La forma humana no es única de la Tierra, ni siquiera única de nuestra galaxia: es el mismo tipo de ser biológico que toda la materia en el universo se afana en producir. Es un modelo universal. Los detalles pueden variar, pero el “diseño” general es el mismo.

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Estructura del universo observable en un gráfico.

La bendición de tener un lugar donde vivir

A la pregunta de si la humanidad (esta humanidad) tiene acceso a alguno de esos planetas, la respuesta es categórica: no. Con nuestra tecnología actual apenas somos capaces de llegar a Marte (uno de los planetas más cercanos a nosotros en este sistema solar) y eso sería un viaje de (mínimo) cinco años y de no retorno. Además, eso se podría hacer sólo si ocurriese un milagro económico: debido a la inestabilidad inherente al capitalismo globalizado, la economía de las naciones no permite hacer semejante gasto. De hecho, por eso es que ni Norteamérica ni Eurasia han podido continuar viajes a la luna. Si no tenemos dinero ni siquiera para continuar la exploración de la luna, menos aún para viajar a Marte.

Menos aún para salir del sistema solar. Podría haber un planeta similar a la Tierra en el vecindario de estrellas alrededor de nuestro sistema, pero un viaje tal es impensable en las condiciones económicas, políticas y espirituales presentes de la humanidad. Por eso, el mejor camino, el único camino que nos queda, es comenzar a sentirnos bendecidos por tener un planeta donde vivir. Hay humanidades en el espacio que en este momento están viviendo en planetas contaminados, en planetas más sucios y enfermos que la Tierra, planetas que esas mismas humanidades convirtieron en un infierno de contaminación y guerra. Tratan de salir de esos planetas pero no pueden porque no tienen recursos. ¡Ojalá esta humanidad no tome ese camino! ¡Estamos a tiempo de darnos cuenta de que la Tierra todavía puede limpiarse, sanearse, ser curada! ¡Pero tenemos que actuar rápido! Hay aún otras humanidades que ni siquiera tienen un planeta donde vivir. Vagan en el espacio en sus naves, refugiándose en lunas y asteroides, como nómadas, como gitanos del espacio, buscando un lugar donde asentarse. Es el caso de los llamados “grises” (sintamos compasión por ellos). Ese es el futuro de las humanidades que se ven forzadas a abandonar sus planetas (por diversas razones) y tener que vivir en el espacio como colonias flotantes. Y deben entonces modificarse genéticamente para poder viajar grandes distancias y poder vivir durante décadas encerrados en sus naves. ¡Ojalá la humanidad de esta Tierra tampoco tome ese camino!

Tenemos que actuar rápido pero hacerlo bien, hacerlo correctamente. El primer paso correcto es mental y espiritual. Cada día, al levantarnos por la mañana, debemos sentir la bendición de tener un lugar donde vivir. Cada vez que salgamos al aire libre, que pisemos tierra, que bebamos agua, debemos pensar en la Tierra y en lo bendecidos que somos al tener un lugar donde vivir. Estos pensamientos de gratitud debemos irradiarlos todos los días, con pureza, con intensidad, con constancia. Sólo así podremos “contagiar” la energía de consciencia que los líderes políticos, económico y militares no poseen ahora, y contagiar también a las masas que no tienen conocimiento de nada de lo que está ocurriendo. Sólo manteniendonos puros y llenos de gratitud podemos manifestar el cambio de paradigma. Por supuesto que hay que actuar con acciones concretas, pero el primer paso es éste. Se comienza con el pensamiento, con la gratitud, con la consciencia de saber que uno es afortunado por tener lo que tenemos ahora.

Aquellos que vienen de afuera y de arriba, los buenos que nos quieren ayudar y que ya viven aquí entre nosotros, ellos también sienten la gratitud, la bendición de tener un lugar hermoso donde vivir. No seamos avaros. No seamos egoístas. Compartamos la Tierra con ellos. La Tierra ademas no nos pertenece: los planetas le pertenecen a la vida, sean plantas, animales o seres humanos, sean humanos nativos o “extranjeros”. Nos conviene darle la bienvenida a aquellos que son más avanzados que nosotros, a aquellos que son más civilizados, más evolucionados cultural y tecnológicamente. Nos conviene aliarnos con ellos, trabajar con ellos, sintonizarnos con ellos. Nuestra mente y pensamiento debe ser entonces uno de pureza, de gratitud, de generosidad y de voluntad de compartir. Porque así también es cómo abriremos las puertas para que ellos puedan ayudarnos a limpiar y cuidar la Tierra. ¡Son muchos los beneficios que podremos recibir en el futuro si lo hacemos!

¡Es una bendición tener un lugar donde vivir!
¡Es una bendición tener un planeta hermoso donde vivir!
¡Estoy lleno de gratitud por poder vivir en este planeta!
¡Haré lo que sea para limpiarlo, cuidarlo, protegerlo!

Que puedan todos los seres vivos en este planeta vivir en paz.
Que puedan todos los seres vivos en este planeta vivir con felicidad y salud, libres de todo daño, libres de todo sufrimiento, libres de toda hostilidad.

Tero.

Por cierto, ayer vi una película sobre tornados en EE.UU. y me pregunto: ¿por qué siguen construyendo casas y pueblos en la rutas anuales de los tornados? ¿Y por qué siguen construyendo edificios tan débiles? ¿Por qué no han comenzado a construir bajo tierra? Si saben que cada año pasan decenas de tornados por el mismo lugar, ¿por qué siguen construyendo ahí y en las mismas condiciones? Si construyeran ciudades y pueblos parcialmente bajo tierra (no es necesario en ese casi irse muy profundo, unos cuantos metros sería suficiente), se ahorraría mucho dinero porque no perderían esas construcciones cada año. Y más importante aún, reducirían las pérdidas humanas causadas por tornados.

Otro motivo para añadir a mi lista de por qué debemos comenzar a construir bajo tierra:

> Significado de las ciudades intraterrenas.